viernes, 10 de marzo de 2017

Los discursos de DANIEL WEBSTER: Un gran orador político angloamericano

Daniel Webster, abogado eminente, desempeñó dos veces en la capital federal la Secretaría de Estado, es decir, la dirección superior de las relaciones extranjeras. Su fama se origina especialmente en un discurso celebérrimo, pronunciado en el Senado de los Estados Unidos. Solo otro orador moderno como el irlandés Edmundo Burke, que eclipsó á todos en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo xvm, puede compararse con su discurso.



La historia de la vida de Daniel Webster es interesante por sí misma.  Con su biografía podemos seguir fielmente el desarrollo histórico de su país, durante un largo período capital y decisivo. Guando sobrevino la gran crisis, la tremenda guerra civil de cuatro años entre millones de hombres alistados por el Norte y el Sur de la república, hacía ya nueve años que había muerto; pero su nombre, su recuerdo, sobre todo sus frases inolvidables de su gran discurso  estaban en la memoria de todos.
Nació en plena tierra yankee nació el futuro orador en Enero de 1782, en New Hámpshire, entonces el más septentrional de los Estados Unidos, hijo de Ebenezer Webster, soldado en la guerra contra Francia. Fue educado en un colegio de su mismo Estado, pasó, después de breve preparación en Boston,  y ejercer como abogado en Portsmoulh, pequeña ciudad marítima.

Por ese distrito, ó condado, fué elegido miembro de la Casa de Representantes en 1813, y, muy poco después de llegar a Washington y tomar posesión del cargo, se hizo ya notar por su facilidad y energía de su palabra. Esa vez permaneció en el Congreso cuatro años, es decir, dos legislaturas. Fué entonces a establecerse en Boston, metrópoli de la Nueva Inglaterra, y practicar asiduamente la abogacía, tanto ante los tribunales del estado de Massachusetts, como en la capital federal, ante la Corte Suprema de la república, en la que, desde su residencia anterior en Washington, había adquirido ya bastante reputación. Extendió y acrecentó su fama el discurso que, el 22 de Diciembre de 1820, pronunció al celebrarse en Plymouth el segundo centenario del desembarque de los Puritanos. Mucho más todavía la favoreció el que, cinco años después, pronunció al poner la primera piedra del gran obelisco que, en el centro de un barrio de Boston, se eleva en memoria de la famosa acción de Bunker Hill de la guerra de la Independencia y en el lugar mismo donde tuvo lugar. Esta última es una oración magnífica, que en ese mismo año de 1826 tradujo al castellano José María Heredia, el poeta cubano, proscripto entonces en los Estados Unidos.

He aquí, tomado de esa versión, el apostrofe que el orador dirigió en su discurso a Lafayette, quien, como es sabido, formaba parte de la concurrencia, habiendo vuelto entonces por invitación especial a recorrer la escena donde había combatido en su juventud. El pasaje es en efecto interesante:

«¡Venturoso, venturoso mortal! ¡ Con cuánta devoción debéis enviar á Dios vuestra gratitud por las circunstancias de vuestra vida extraordinaria! Estáis enlazado con ambos hemisferios y con dos generaciones. El cielo tuvo á bien ordenar que la chispa eléctrica de libertad pasase conducida por vos del mundo nuevo al antiguo, y nosotros, que venimos aquí á cumplir este deber de patriotismo, ha mucho tiempo que recibimos de nuestros padres el encargo de amar vuestro nombre y vuestras virtudes. Podéis mirar como un ejemplo de vuestra buena fortuna el haber pasado los mares para visitarnos, á tiempo de poder presenciar esta solemnidad. Delante tenéis el campo cuya fama os llegó al corazón de Francia y penetró vuestro ardiente pecho. Ahí veis las líneas del pequeño reducto alzado por la diligencia increíble de Prescott, defendido hasta la última extremidad por su valor de león, y dentro del cual yace ahora la piedra angular de nuestro monumento. Veis el paraje en que cayó Warren, en que cayeron con él arker, McCleary... Los monumentos y elogios pertenecen á los muertos. En este día los tributamos á Warren y á sus compañeros. Otras veces los hemos dado á Washington, Greene, Gates, Súllivan y Lincoln, vuestros compañeros de armas. Quisiéramos negarnos á conceder estos honores supremos, y con gozo los retendríamos todavía mucho tiempo al corto resto de aquella hueste inmortal. Serus in cselum redeas.1 Vuestros méritos son tan ilustres; pero lejos, ¡oh! muy lejos esté el día en que deba una inscripción llevar grabado vuestro nombre y en que una voz deba pronunciar vuestro panegírico. »

Diez y ocho años más adelante, acabado ya de fabricar ese mismo monumento de la colina de Bunker, pronunció Webster otro discurso, no menos bello, del cual escojo, para citarlas aquí, las líneas que comparan el sistema colonizador de España é Inglaterra, y terminan así: « Los conquistadores y colonos europeos de la América española fueron principalmente jefes militares y soldados... Los colonos en la América inglesa fueron gente del pueblo, pero de un pueblo libre ya de antemano; pertenecían á la clase media, industriosa y próspera ; eran habitadores de ciudades comerciales, manufactureras, en las cuales había revivido y alentaba la libertad después de un sueño de mil años en el seno de esa edad de tinieblas. España bajó al Nuevo Mundo en la forma armada y terrible de su monarquía y su militarismo, Inglaterra vino bajo el aspecto atractivo y popular de derechos personales, protección pública, libertad civil. Valiéndose de compañías privadas, excitando esfuerzos individuales, colonizó Inglaterra por medio de trabajadores dispuestos á abrirse camino por los bosques, á defenderse contra los salvajes, al mismo tiempo que á éstos reconocían sus derechos sobre la tierra, y procedían en general con el honrado propósito de educar y cristianizar juntamente. España cayó sobre la América como el buitre sobre la presa. Todo para ella fué cuestión de fuerza. A fuego y sangre conquistó el territorio, á fuego y sangre destruyó las poblaciones, a fuego y sangre sucumbieron centenares de seres humanos, y hasta á fuego y sangre emprendió el convertir los indios al cristianismo. »

Mientras perteneció Webster a la Cámara de Representantes se mantuvo siempre en las cuestiones políticas del lado más liberal; defendió la causa de los griegos en su encarnizada lucha contra los turcos y apoyó al Presidente Adams en su intento de aceptar la invitación al Congreso de Panamá, invitación que, como nadie en América ignora, no llegó á tener efecto práctico, por las dilaciones voluntarias del Senado, que impidieron a los comisionados angloamericanos llegar bastante á tiempo. Influyó poderosamente en esa cuestión ante el Senado el interés de los dueños de esclavos, pues como las repúblicas de origen hispánico habían abolido la esclavitud en su territorio y se hablaba muy seriamente en algunas de ellas de organizar una cruzada para quitar á los españoles la isla de Cuba, los esclavistas de los Estados Unidos no ocultaron los temores y antipatía que esa reunión en Panamá les inspiraba. La reunión también, por otra parte y por otras causas, estaba condenada á poner bien en evidencia la triste situación anárquica é impotente en que los dejaba el funesto régimen de gobierno colonial bajo que habían vivido.

En 1827 fué Webster elegido senador por el estado de Massachusetts, puesto que había de ocupar durante el resto de su vida, salvo en los dos períodos en que fué Secretario de Estado : primero de Hárrison y de Tyler sucesivamente, luego de Fillmore; y los dos años más que transcurrieron antes de que hubiese vacante y lo eligiesen senador de Massachusetts por tercera vez. Desde que entró en el Senado, ó inmediatamente después, se trazó y ahondó divergencia muy grave entre las ideas, las aspiraciones y los intereses del Norte y el Sur de la república, divergencia nacida del distinto régimen de trabajo que en ambas secciones existía, y que convertía á la imponente asamblea en circo revuelto de opiniones inconciliables, de tendencias contrarias, de altercados incesantes, que solamente cesaron cuando apelaron a las armas y comenzó la guerra civil. Ese formidable problema de la esclavitud de cuatro millones de negros, para cuya resolución se derramarían tantas lágrimas y tanta sangre, se complicaba además, mientras se mantuvo en el terreno de la discusión pacífica, con una cuestión de derecho público en extremo interesante; la cual, en país donde hubo siempre ansia viva de respetar la legalidad lo más escrupulosamente posible, revistió desde el principio capital importancia y trajo á la palestra de uno y otro lado elocuentes defensores.

En 1830 el más hábil y vigoroso y mejor preparado de esos luchadores era sin disputa Daniel Webster. La discusión de ese año, en que pronunció Webster el celebrado discurso á que ya he aludido, se inició de esta manera inesperada : Presentó el senador Foote una moción objeto de establecer si era prudente que el Ejecutivo continuase la política de vender rápidamente, y al menor precio posible, las tierras del inmenso dominio público que hacia el Oeste poseía la nación, y que se repartían con el objeto de estimular así su cultivo, su población y la formación de nuevos Estados ó Territorios. La parte meridional de la república juzgaba contrario á sus intereses en el porvenir que tan pronto creciese y se desarrollase el país por ese rumbo, en que el trabajo agrícola é industrial, á causa del clima y del carácter de la emigración europea que allí acudía, quedaba confiado á manos libres. Cuestión al parecer inofensiva ; pero terció pronto en el debate el senador Roberto Hayne, de la Carolina del Sur, y planteó resueltamente la discusión sobre los intereses especiales de su estado y su región. La cuestión de las tierras públicas le importaba, porque era una de tantas otras en que el Norte legislaba exclusivamente en vista de su interés, atrepellando con su fuerza numérica el interés del Sur, ambos á menudo en la más abierta oposición. Sólo había, ajuicio del senador, un correctivo á esa oposición, para el Sur tan desastrosa : consistía en lo que Calhoun, su maestro, llamaba y él preconizaba, con el título de « nulificación », es decir, la facultad reservada a cada Estado de no obedecer, de anular, cualquiera nueva ley de la república que fuese « violación deliberada, palpable, peligrosa » de sus intereses esenciales.

Si se negaba esa facultad, quedábale sólo al agraviado el recurso de separarse de la Unión, pues había entrado en ella por su libre voluntad y á título puramente gratuito. La cuestión en el fondo venía á reducirse de esa manera á determinar si eran los Estados Unidos una nación robustamente asentada y de carácter perpetuo, como todas las naciones civilizadas ; ó una aglomeración fortuita de intereses, una razón social sin término fijo, cuyos miembros á cualquiera hora podían retirar el capital y declarar disuelta la sociedad. Esto, que hoy nos suena como una herejía, ni lo parecía ni lo era en i83o. Había sido durante años opinión aceptada en el Norte y en el Sur. Pero la marcha del tiempo, el crecimiento rápido, la prosperidad maravillosa habían robustecido poco á poco los lazos de unión, y habían creado, y existía ya positivamente, una nación con intereses estrechamente enclavijados, con un glorioso pasado común, el separarse de la cual no podía ser sin horrible desgarramiento, y solamente á causa de esos males irreparables, de esas abrumadoras injusticias que justifican á las revoluciones. Intereses opuestos en todas las naciones y no por eso se disuelven; el remedio sería entonces peor que la enfermedad.

Cuando el Congreso en 1828 voló un nuevo arancel de aduanas, en el que los derechos de importación se habían calculado con la mira de proteger las manufacturas americanas, el Sur con la Carolina á la cabeza se sintió gravemente perjudicado, pues todo él era agricultor, y los objetos que consumía subían considerablemente de valor por causa de la nueva « Tarifa », sin favorecer en cosa alguna su algodón ó su azúcar, su arroz ó su tabaco. Con ese motivo dio la Carolina el primer paso por el camino de la Nulificación. La pretensión ni tuvo ni podía tener entonces resultado práctico ; más adelante se estrellaría contra la resuelta actitud del Presidente .lackson ; pero por ahora sólo sirvió para acumular y agravar resentimientos, y por ellos excitado el senador Hayne aprovechó la coyuntura de la proposición de Foote sobre tierras públicas, para dar salida á la cólera y amargura de que estaba poseído. Con ese objeto preparó cuidadosamente su discurso, que está muy lejos de ser obra despreciable.

Expuso en él con altiva indignación los agravios del partido, sostuvo que la constitución era un pacto nada más, voluntario, entre partes, susceptible de ser egítimamente roto y atacó con furia las ideas y las exigencias insaciables de los estados del Norte, de la Nueva Inglaterra, de Massachusetts particularmente, encarándose al efecto con Webster, con intento de directamente provocarlo. El discurso que de este modo, dada la respuesta que produjo, viene á ser, aunque en menos, algo así como el de Esquines en el debate sobre la Corona, contiene razones muy atendibles, en la parte histórica sobre todo; y en el acento de orgullo sincero y de resolución intrépida que en él se observa, nos parece oir hoy todavía el anuncio pavoroso de los desastres que esos sentimientos causarían cuando los actos sucediesen á las palabras. La emoción, en Washington primero, en todo el país después, fué intensa y muy grande. Nunca se habían descubierto é irritado de tan violenta manera las llagas peligrosas del cuerpo social; la constitución, que con tantas precauciones y tanta habilidad había tratado de prevenirlas, se presentaba ahora al contrario como fuente de males y desórdenes.


El orador, en párrafos magníficos, sobrios, moderados, no deja sin tratar aspecto alguno de la cuestión, sin realzarlo y abrillantarlo con su palabra siempre elevada, su voz gravemente melodiosa, sus gestos adecuados, la variada expresión.



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