viernes, 11 de marzo de 2016

La relación entre encomienda y minería según José Miranda

Uno de los puntos más aceptados por la historiografía es que las empresas mineras nacieron ligadas a la encomienda, sin cuyos recursos hubieran resultado incosteables. Esta relación directa entre encomienda y minería fue expresada por Miranda en los siguientes términos, que vale la pena reproducir:

“Los encomenderos son, por lo general, milites de la hueste conquistadora cuyos servicios han sido recompensados (los pasados, de conquista) y son retribuidos (los presentes, de ocupación) con repartimientos de indios que les dan derecho a exigir tributos y prestaciones personales de una población indígena atenida a un régimen de economía natural. Las necesidades que como europeos sentían los obligaban a preocuparse de producir ciertos bienes de consumo: ganados y trigo. Pero al mismo tiempo, el deseo de acumular riquezas, su principal acicate, les movía a producir bienes de cambio: metales, y también ganados y cereales ultramarinos para el mercado”.

 

De partida, y en cuanto a su integración económica, se encontraba el encomendero en una posición difícil: atenazado o “cogido –dice Miranda– entre una economía natural, que no le proporcionaba medios de cambio, y una economía monetaria, que se los reclamaba”. Además, como también indica, “el encomendero, que no era hombre de negocios ni persona acaudalada, poco capital o ninguno podía traer a sus empresas”. Sin embargo, sí podía movilizar los recursos que le ofrecía la economía natural de los indígenas por medio de la encomienda y convertirlos en factores de producción de aquello que más imperiosamente necesitaba como europeo: en primer lugar, metales acuñables en moneda –o que realizaran la función de ésta– y, luego, bienes que, por ser indispensables o valiosos para los españoles, pudiesen cambiarse por moneda en el mercado. Por ello, desde muy pronto, el encomendero canalizó los productos que recibía como tributos y el trabajo que le prestaban sus encomendados hacia “la explotación de las minas de oro y al logro de lo que era anejo a ellas (ciertas herramientas y mantenimientos)”.[1]

En los primeros años los encomenderos percibieron como tributos no sólo ropa y alimentos con que avituallar a su mano de obra, sino también oro y esclavos. El oro pudo destinarse a las inversiones iniciales en infraestructura y herramientas, al pago de salarios –cuando hubiera personal español que retribuir– o a la compra de víveres, aunque ya en 1528 se revocó el derecho a percibir oro como tributo de los pueblos encomendados.[2] Por su parte, los esclavos no sólo procedían directamente del tributo,[3] sino del derecho a rescatar que se concedió a todos los vecinos de la Nueva España por real cédula de 15 de octubre de 1522, pero que se reservó a los encomenderos en sus pueblos.[4] Igualmente, estas facultades fueron revocadas por las Leyes de Granada de 1526, que prohibieron recibir esclavos en pago del tributo o rescatarlos en el término de las encomiendas, lo cual no implicó –obviamente– la supresión de la esclavitud indígena, que no se abolió en general hasta la promulgación de la Leyes Nuevas en 1542. [5]

En cualquier caso, el mayor potencial económico de que disponía el encomendero era el derecho a servirse de sus indios encomendados como mano de obra en sus haciendas y granjerías, si bien este aprovechamiento debía hacerse conforme a lo establecido en la legislación. En las minas, el trabajo de los indios quedó limitado a las faenas auxiliares (los hombres a la construcción de bohíos para el alojamiento y almacenaje, provisión de leña y porte de víveres; las mujeres a la preparación de alimentos), quedando excluidas del servicio personal las labores mineras propiamente dichas (lavado, extracción y acarreo del mineral), aunque lo más probable fuera que nadie o casi nadie respetara esta distinción. Para evitar los abusos generalizados, la limitación del servicio personal en la minería se extendió también en 1528 a los trabajos auxiliares, aunque su observancia sería igualmente incumplida de forma general, como también ocurría con las limitaciones relativas a la esclavitud de los indígenas.[6]

En definitiva, se producía una coincidencia de necesidades: el encomendero necesitaba dedicarse a la minería y la minería necesitaba de la encomienda para comenzar a funcionar. Por un lado, el encomendero, que había sido hasta entonces, “por lo general, milite de la hueste conquistadora” y que “no era hombre de negocios ni persona acaudalada”, acabó convertido en un empresario porque sus circunstancias socio-económicas le abocaron a dedicarse a la minería por dos motivos: uno, para saciar su deseo de consumir los artículos –básicos o de prestigio– que la economía indígena no le proporcionaba por la vía del tributo y que, por tanto, había que adquirir en el mercado; otro, quizás el de más fuerza, para colmar su ansia de enriquecimiento. Satisfacer ambas necesidades implicaba participar en el intercambio mercantil e integrarse en una economía monetaria. Por tanto, a pesar carecer de capital, de experiencia empresarial y de una vocación manifiesta por el desarrollo de actividades económicas productivas, y a pesar de que sus pretensiones se orientaran más hacia el disfrute de una vida señorial sustentada en la percepción de rentas, el encomendero dejó de contentarse con la captación de un tributo de naturaleza feudal y dejó de ser un agente depredador de riqueza atesorada por medio del rescate y el saqueo, un “bandido” en la expresión de Cipolla. Hubo de convertirse en un agente productor de la mercancía dinero para acudir con ella al mercado y salir del ostracismo económico al que le condenaba el intercambio “natural” –no monetizado– de la encomienda.

Por otro lado, la encomienda era la única palanca capaz de movilizar los recursos económicos disponibles en la proporción suficiente para activar la maquinaria de producción de metales preciosos. Bien es cierto que, desde muy pronto, tanto la magnificencia de los tesoros de la cámara de Moctezuma como la información que se desprendía de los registros de impuestos que recibía Tenochtitlan de sus altépetl vasallos fueron claros indicios de la existencia de ricos depósitos minerales, al menos de oro. Además, la titularidad de los yacimientos era franca y gratuita para cualquiera que cumpliera los trámites de denuncio y estaba garantizada por la legislación castellana a “todas las personas de cualquier estado, condición, preeminencia o dignidad, españoles e indios, nuestros vasallos”, sin otra imposición que la de tributar el quinto a la Real Hacienda.[7] Por tanto, aunque el capital fuera escaso en el contexto de la Mesoamérica recién conquistada, el acceso al factor tierra no lo era. Pero, en cambio, el trabajo –el potencial laboral de la mano de obra indígena– estaba acaparado por los encomenderos, para quienes resultaba abundante y barato: en la mayoría de los casos disponían de esclavos y, siempre, de trabajadores de servicio, así como de los bienes de consumo que servían para alimentar a las cuadrillas de operarios. De manera que los encomenderos eran prácticamente los únicos capaces de convertirse en empresarios mineros.

Como consecuencia de esa coincidencia de necesidades y circunstancias, el incipiente empresariado minero se pobló de encomenderos. Esto fue especialmente claro en el segmento dedicado a la explotación de los placeres auríferos, dado que para obtener el oro fluvial apenas era necesario un río y un buen número de indios, batea en mano, compelidos a cernir sus arenas para coger el oro que las aguas llevaran en suspensión.

 




[1] Ésta y las anteriores referencias a José Miranda corresponden a La función económica del encomendero en los orígenes del régimen colonial (Nueva España, 1525-1531). México, Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, 1965 [primera edición de 1947], págs. 9-18.
[2] Cortés, Ordenanzas de pobladores, cap X: “Mando e defiendo que ninguna persona de cualquier estado o condición que sean no apremien pidiendo oro a los indios que así tuvieren encomendados”.- Real Cédula de 4 de diciembre de 1528 que prohibía a los encomenderos exigir con apremios oro a los indios en concepto de tributos; sólo cuando lo entregaran voluntariamente podían recibirlo, lo que permitía enmascarar todo tipo de abusos. Miranda: La función económica del encomendero, pág. 11.
[3] Como señala Miranda, “casi todas las escrituras formalizando poderes relativos a la administración de pueblos de indios [propias de los primeros años] incluyen de manera expresa los esclavos entre los tributos que los mandatarios han de recaudar de los naturales”. Así, por ejemplo, el poder de Gonzalo de Sandoval a Serván Bejarano, su criado, “para que pueda en su nombre recibir y cobrar todo el oro, plata y esclavos y ropa y maíz y otras cosas que los naturales de los dichos pueblos son obligados a darle de tributo”. Miranda: La función económica del encomendero, págs. 20-21.
[4] Carta-Instrucción de Hernán Cortés a Hernando de Saavedra, su lugarteniente en las villas de Trujillo y Natividad, citada en Miranda: La función económica del encomendero, pág. 11.
[5] Lucena Salmoral, Manuel: La esclavitud en la América española. Varsovia, CESLA, 2002, págs. 57-68.
[6] Fue necesario reiterar la prohibición de rescatar esclavos, por ejemplo, mediante Real cédula de 2 de agosto de 1530.- Sobre todo lo anterior, Miranda: La función económica del encomendero, págs. 11-14 y 18-21.
[7] Real cédula. Granada, 9 de diciembre de 1526, incorporada a la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias [1680] como ley 1, tít. XIX, lib. IV.- Real Cédula. Medina del Campo, 5 de febrero de 1504, recogida en la Recopilación como ley 1, tít. X, lib. VIII.

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