jueves, 1 de agosto de 2013

Resumen: Reflexiones sobre una historia Transnacional El presente trabajo es un resumen del texto de Carmen De la Guardia y Juan Pan-Montojo, donde exponen una reflexión sobre las prácticas historiográficas como prácticas nacionales, e incluso nacionalistas y sobre la posibilidad de una historia transnacional. Partiendo de que las naciones emergieron de la mano de los nacionalismos estatales del siglo XIX, como instrumento útiles para llenar el vacío dejado por la destrucción de los soportes del Antiguo Régimen, los regímenes liberales y las sociedades capitalistas necesitaban una justificación transcendente que fue el nacionalismo. Este sería capaz de crear el soporte emotivo del régimen liberal e incluso de aquellos estados no liberales donde la transformación fue la base para exigir más recursos y más lealtad o los hasta entonces súbditos. Luego estados nacionales y minorías nacionalistas fueron construyendo una nueva mitología y otorgando un nuevo contenido a diferencias lingüísticas, dependencias jurisdiccionales, divisorias religiosas o leyendas populares. En general son artefactos culturales donde la historia, la literatura, la geografía y el folklore, fueron algunos de sus instrumentos para crear identidades colectivas que reforzaran los nuevos vínculos sociales. En las primeras décadas del siglo XIX, los estados nacionales potenciaron sus políticas encaminadas a reforzar los ahora saberes nacionales que cobran solemnidad e importancia. En concreto, la historia se recreo el pasado de la nueva realidad política, la nación-estado. Los historiadores que a menudo compartían la práctica de la historia con otras profesiones comenzaron a preparar historias nacionales. En España destaca en este sentido, la Academia de la Historia, en el Reino Unido, la Real Sociedad Histórica, en Estados Unidos las sociedades históricas estatales, en Francia la Sociedad de Historia de Francia y en Alemania destaca la Sociedad para el estudio de la Historia alemana. Destacamos la Historia General de España en la segunda mitad del siglo XIX. Todo ello acompañado de un periodo de búsqueda y edición de aquellos documentos que justificaban la antigüedad y grandeza de los distintos estados nacionales. Ante la importancia que había adquirido el saber histórico como creador de un pasado nacional, así como el acercamiento del historiador a las fuentes escritas, se produjo una alteración en la concepción y en la práctica de la historia. La historia dejó de ser un saber erudito transformándose en una disciplina que, además, se consideraba a sí misma como una ciencia. Existieron dos cosas que admiraban los historiadores de finales del siglo XIX de la historiografía alemana, la primara que la historia era considerada como una disciplina científica. La utilización de un método crítico para analizar los documentos históricos y en segundo lugar, su devoción por capturar con precisión los hechos del pasado, En Alemania las cátedras de Historia se multiplicaron a largo del siglo XIX, donde historiadores europeos y norteamericanos que completaron su formación en Alemania, no solo se interesaron por la introducción del método crítico en la disciplina histórica sino que se impregnaron del historicismo alemán que fluía, sobre todo, de las obras de sus admirados Leopold von Ranke y Wilhelm von Humboldt. Historiadores franceses, por su lado, de la llamada Escuela Metódica impusieron el método científico practicado por Ranke. La historia se había convertido en disciplina científica pero utilizaba su recién ganada objetividad para legitimar “la verdad” de la grandeza de los estados-nación. Se produce un doble proceso, al igual que había ocurrido en Alemania, la historia científica francesa exigía su profesionalización. En 1876, G. Monod y G. Fagniez creaban la Revue Historique, órgano de difusión de la práctica científica de los historiadores franceses. También en Estados Unidos los historiadores defendían la cientificidad de la historia. En 1884 surgía la American Historical Association. Y como en los demás países, los historiadores españoles consideraron necesario sustituir la Historias generales por historias de un mayor rigor científico aunque continúen siendo historias con una finalidad nacionalista. Desde la Real Academia de la Historia, y Cánovas de Castillo, se publicó en ese sentido una nueva Historia General de España. Pero también existió ante todo esto, una crítica al método científico como el alemán Jacob Burckhardt y sobre todo la crítica de Marx. A comienzos del siglo XX, se inició un proceso de rechazo de las concepciones históricas y de búsquedas de una ciencia social histórica, que estuviera relacionada con las estructuras y las fuerzas sociales y alejadas del acontecimiento y de la narración. Las “nuevas historias” acabaron imponiéndose como nueva ortodoxa historiográfica tras la 2ª Guerra Mundial. La historia sólo podría tener un carácter científico a través de formulación de relaciones generalizadas expresadas en términos numéricos: aparece la historia serial o la criometría. Existió la búsqueda de unos programas útiles, adaptados a la “modernización” económica nacionales, menguo el peso de la historia en el currículo escolar, en beneficio de saberes más funcionales integrados en materias de ciencias sociales. En los años setenta de este siglo marcaron una clase divisoria: donde el problema dejó entonces de ser el de la formación más adecuada para las elites sociales y culturales para una generalización de los sistemas democráticos de educación de masas, alcanzaran una nueva relevancia política. En España existió un tardío éxito de la educación de masas, la llamada “guerra de las humanidades”. Tuvo sus primeras batallas en los meses finales de 1996, con la alocución de la ministra de Educación y Cultura ante la Academia de la Historia y su punto álgido a partir de la presentación de los nuevos contenidos mínimos de las materias de historia en las enseñanzas primaria y media, en otoño del 97. La clave del apasionamiento colectivo de los medios de comunicación y los académicos, fue el agudo problema de la identidad nacional en la España democrática. Existió también un giro que se interpreta como un regreso, es decir, un intento de recrear una disciplina autónoma, que no se diluya entre las otras ciencias sociales. Un volver a los relatos nacionales, crónicas largas, personalización de los procesos históricos y a la autonomía de la historia como disciplina constituyó los denominadores comunes de la reacción en los ochenta hasta hoy. Pero no olvidemos que universitarios y extrauniversitarios, son tales en la medida en que producen cultura a través de un juego constante de revisión y critica. En los últimos años se produce una paradoja: la eclosión de artículos en publicaciones especializadas que defienden la necesidad de elaborar una historia transnacional. Es un fenómeno que transciende de las fronteras nacionales. Desde la American Historical Review, el journal of America History, Annales, Historia a Debate y Past and Present, se han repetido los llamamientos a reflexionar sobre la historiografía como disciplina construida sobre la base de los espacios nacionales a partir de tesis de que debe enfrentarse a un nuevo reto: partir de la premisa de que las naciones son construcciones históricas. La historia transnacional sería una vía de escape de las angustias epistemológicas de la historiografía, para recuperar su credibilidad. Es decir, la desnacionalización de la historia arranca de un mundo presidido por la transformación rápida de las identidades preexistentes por el triunfo de la metacultural internacional y el derecho a la diferencia, a la diversidad cultural. La transnacionalidad equivale en historia a ajustar el ámbito socioespacial a las cuestiones tratadas. No es más que una propuesta abierta de construir un saber histórico autocrítico y autoconsciente en todos los terrenos pero en especial por la propia génesis y trayectoria de la disciplina, más dificultades encuentran el discurso historiográfico. En este sentido, la nueva reflexión sobre la historia nacional, transciende al desnaturalizar la nación y al Estado y entenderlos como artefactos culturales.

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